… Un, un-dos. Un, un-dos. Latías lento, pero profundo. Hacía tiempo que no sentía esa profundidad del latido. Esa que hacía que olvidase lo que me rodeaba, que volvía sordos mis oidos. Y la visión vidriosa, como ver la vida a través de las paredes de un acuario.
Un, un-dos. Seguías haciendo. Y te daba igual que yo te ordenase que volvieses a tu ritmo normal. No te importaba que suplicase que no envíases más lagrimas a mis ojos. Me ordené a mi misma no continuar con esta tontería. No iba a llorar. No había motivos. Mi cerebro en justa pugna por el control de mis reacciones, trabajaba con rapidez para anular ese río de tristeza que sin previo aviso, manaba de ti camino a mis ojos. Y mi cerebro repetía, no llores, no llores, no llores, no llores… Y como si necesitase convencerte de algo, comenzaba a repetir, sabes que te quiere, él te quiere, te quiere, te quiere, te quiere…
Pero tú fuiste más rápido. No sé como hiciste, para que esos versos olvidados, aparecieran haciendo eco en mi cabeza
…Uno aprende a construir todo su camino en el hoy
porque el terreno de mañana es demasiado inseguro para planes,
y los futuros tienen una forma de caerse a la mitad…
Y al río de tristeza se le unió el miedo. El miedo a haber soñado demasiado. Miedo a que como a Ícaro, las alas que él me regaló se derritiesen justo cuando volaba alto, casi rozando el sol. Y caer así a tierra, sabiendo que no volvería a sentir la ingravidez de mi cuerpo y el roce suave de las nubes.
No, no iba a llorar por lo que aún no había pasado. Esta vez tenía que ganar el cerebro. Se estaba bien con él, y el aseguraba quererme, ¿porque no creerle? No. No iba a dejar que el estupido miedo a que todo se acabe me impidiese disfrutar.
…Después de un tiempo uno aprende que “sí” es demasiado,
y hasta el calorcito del sol quema.
Así que uno planta su propio jardín,
y decora su propia alma,
en lugar de esperar que alguien le traiga flores…
Más versos. Casi sonreí al comprobar quien había vuelto a ganar. Las líneas a mi alrededor se desdibujaron algo más. Aún quedaba un resquicio de lucha, y mi cerebro ordenaba que esa gota salada no saliese. Pero su fuerza sólo duró un instante. Con un último suspiro, mis parpados se cerraron. Las líneas confusas dejaron paso a la total oscuridad mientras que un surco húmedo se marcaba en mi mejilla.
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
2 comentarios:
Soy María Bullas, lo reconozco. Uno de mis defectos es que soy muy impaciente. A veces solo quiero llegar hasta el final del sendero y no soy capaz de disfrutar las flores que nacen en su borde ni la belleza que otorga una dosificación justa y necesaria de la vida y del Sol. Soy muy impaciente, pero cuando me meten prisas es muy probable que me agobie, que me sature y que me quede en blanco.
María Bullas.
"poco a poco abriéndome un hueco en la red"
La impaciencia y la inseguridad son dos de mis peores defectos. Sobre todo cuando se trata de EL. Que se le va a hacer!! Intento ir corrigiendolo.
Tienes blog? me gustaria pasarme pero tu perfil no admite entradas
:(
Un beso.
Publicar un comentario