…anoche sentí que me abrazabas. En la quietud de la noche, sentí como tu cuerpo se colaba bajo la sábana y se acercaba al mío que, de costado, miraba esa pared blanca que subrayaba tu ausencia. Y entonces tus brazos rodearon mi torso y apretaste mi espalda a tu pecho, llevándome hasta a ti. Con una de tus manos apartaste el pelo de mi mejilla, dejando al descubierto parte de mi cuello. Acercaste tu cara a ese rincón que forma la base del hombro, y respiraste mi olor. Sentí tu aliento un segundo antes de que tu boca llegara a mi oído, recorriendo mi lóbulo con suavidad y dulzura. Suspiré en esa línea intermedia entre el sueño y la realidad. Aún estaba ahí cuando me susurraste rozándome la piel con tus labios. Un susurro casi imperceptible a la vez que tus brazos me ataron con más fuerza a ti. Durante ese segundo que duró la presión de tu cuerpo sobre el mío, mi sonrisa se amplió. Estabas aquí, conmigo…
Abrí los ojos y de nuevo sólo el aire y el sutil tacto de la sábana rodeándome. De nuevo solo el blanco de la pared frente a mis ojos y tu ausencia a mi espalda. Ausencia acentuada por la realidad de tu abrazo. Demasiado real para ser sólo un sueño. Y aunque todo a mi alrededor corroborase mi soledad, sé que ha sido más que un sueño. Hoy me has visitado. Hoy has venido hasta mi sólo para poder decirme te quiero.
viernes, 8 de junio de 2007
Una chica corriente.
Me gusta mi cicatriz. No sé porqué pero me gusta. Quizás sea porque los superhéroes de mi infancia y otro tipo de personas especiales se caracterizaban por tener una marca, una señal, que les distinguía. Que les hacía distintos. Manchas de nacimiento que recordaban su esencia exclusiva y auguraban un futuro excepcional, cicatrices que recordaban un pasado distinto, grandes acontecimientos, poderes especiales…
Mi cicatriz no es especial. Yo tampoco. Está en mi mano derecha, en el dorso, justo en el centro del triángulo que forman la base del dedo gordo, del índice y la muñeca. Es una recta de poco más de un centímetro, algo rugosa, muy fina y de un color oscuro. Tampoco esconde una historia importante detrás, un arañazo al presionar mi mano contra una esquina de una puerta de aluminio. Llevaba cajas pesadas encima, por eso el impacto fue algo mayor. El arañazo, a pesar de que casi no sangró, no cicatrizó bien, y de ahí la marca.
Me gusta mirarla. Y pasar mi dedo suave sobre ella. Mientras imagino. Imagino que no soy una chica mediocre, con un trabajo mediocre, en una vida mediocre.
Cuando alzo la vista de la cicatriz, observo lo que tengo a mi alrededor, volviendo a la realidad. ¿Qué veo? Una habitación vieja, con dos mesas de oficina, de material barato y aspecto sencillo. Un portátil sobre una de ellas, un PC sobre la otra. Papeles desordenados por todas partes y algunos archivadores de cartón. Nada estético, ni refinado. Para completar la visión, cables sueltos por todas partes dejando claro lo chapucero de la instalación telefónica.
Fuera hace un sol esplendido, un sol de sur en plena primavera, pero dentro el frío te cala los huesos. Y no, no es el aire acondicionado, es la pésima orientación del local y los muros de casa antigua.
Este es mi trabajo desde hace un año. Auxiliar administrativo en una obra, lo que traducido significa, chica para todo. El trabajo no está tan mal. Buen horario, sueldo aceptable y buen ambiente. Sólo tengo un compañero de trabajo con el que me llevo extremadamente bien. Y no exagero. Pero… Siempre hay un pero.
Mi cicatriz no es especial. Yo tampoco. Está en mi mano derecha, en el dorso, justo en el centro del triángulo que forman la base del dedo gordo, del índice y la muñeca. Es una recta de poco más de un centímetro, algo rugosa, muy fina y de un color oscuro. Tampoco esconde una historia importante detrás, un arañazo al presionar mi mano contra una esquina de una puerta de aluminio. Llevaba cajas pesadas encima, por eso el impacto fue algo mayor. El arañazo, a pesar de que casi no sangró, no cicatrizó bien, y de ahí la marca.
Me gusta mirarla. Y pasar mi dedo suave sobre ella. Mientras imagino. Imagino que no soy una chica mediocre, con un trabajo mediocre, en una vida mediocre.
Cuando alzo la vista de la cicatriz, observo lo que tengo a mi alrededor, volviendo a la realidad. ¿Qué veo? Una habitación vieja, con dos mesas de oficina, de material barato y aspecto sencillo. Un portátil sobre una de ellas, un PC sobre la otra. Papeles desordenados por todas partes y algunos archivadores de cartón. Nada estético, ni refinado. Para completar la visión, cables sueltos por todas partes dejando claro lo chapucero de la instalación telefónica.
Fuera hace un sol esplendido, un sol de sur en plena primavera, pero dentro el frío te cala los huesos. Y no, no es el aire acondicionado, es la pésima orientación del local y los muros de casa antigua.
Este es mi trabajo desde hace un año. Auxiliar administrativo en una obra, lo que traducido significa, chica para todo. El trabajo no está tan mal. Buen horario, sueldo aceptable y buen ambiente. Sólo tengo un compañero de trabajo con el que me llevo extremadamente bien. Y no exagero. Pero… Siempre hay un pero.
Latidos
… Un, un-dos. Un, un-dos. Latías lento, pero profundo. Hacía tiempo que no sentía esa profundidad del latido. Esa que hacía que olvidase lo que me rodeaba, que volvía sordos mis oidos. Y la visión vidriosa, como ver la vida a través de las paredes de un acuario.
Un, un-dos. Seguías haciendo. Y te daba igual que yo te ordenase que volvieses a tu ritmo normal. No te importaba que suplicase que no envíases más lagrimas a mis ojos. Me ordené a mi misma no continuar con esta tontería. No iba a llorar. No había motivos. Mi cerebro en justa pugna por el control de mis reacciones, trabajaba con rapidez para anular ese río de tristeza que sin previo aviso, manaba de ti camino a mis ojos. Y mi cerebro repetía, no llores, no llores, no llores, no llores… Y como si necesitase convencerte de algo, comenzaba a repetir, sabes que te quiere, él te quiere, te quiere, te quiere, te quiere…
Pero tú fuiste más rápido. No sé como hiciste, para que esos versos olvidados, aparecieran haciendo eco en mi cabeza
…Uno aprende a construir todo su camino en el hoy
porque el terreno de mañana es demasiado inseguro para planes,
y los futuros tienen una forma de caerse a la mitad…
Y al río de tristeza se le unió el miedo. El miedo a haber soñado demasiado. Miedo a que como a Ícaro, las alas que él me regaló se derritiesen justo cuando volaba alto, casi rozando el sol. Y caer así a tierra, sabiendo que no volvería a sentir la ingravidez de mi cuerpo y el roce suave de las nubes.
No, no iba a llorar por lo que aún no había pasado. Esta vez tenía que ganar el cerebro. Se estaba bien con él, y el aseguraba quererme, ¿porque no creerle? No. No iba a dejar que el estupido miedo a que todo se acabe me impidiese disfrutar.
…Después de un tiempo uno aprende que “sí” es demasiado,
y hasta el calorcito del sol quema.
Así que uno planta su propio jardín,
y decora su propia alma,
en lugar de esperar que alguien le traiga flores…
Más versos. Casi sonreí al comprobar quien había vuelto a ganar. Las líneas a mi alrededor se desdibujaron algo más. Aún quedaba un resquicio de lucha, y mi cerebro ordenaba que esa gota salada no saliese. Pero su fuerza sólo duró un instante. Con un último suspiro, mis parpados se cerraron. Las líneas confusas dejaron paso a la total oscuridad mientras que un surco húmedo se marcaba en mi mejilla.
Un, un-dos. Seguías haciendo. Y te daba igual que yo te ordenase que volvieses a tu ritmo normal. No te importaba que suplicase que no envíases más lagrimas a mis ojos. Me ordené a mi misma no continuar con esta tontería. No iba a llorar. No había motivos. Mi cerebro en justa pugna por el control de mis reacciones, trabajaba con rapidez para anular ese río de tristeza que sin previo aviso, manaba de ti camino a mis ojos. Y mi cerebro repetía, no llores, no llores, no llores, no llores… Y como si necesitase convencerte de algo, comenzaba a repetir, sabes que te quiere, él te quiere, te quiere, te quiere, te quiere…
Pero tú fuiste más rápido. No sé como hiciste, para que esos versos olvidados, aparecieran haciendo eco en mi cabeza
…Uno aprende a construir todo su camino en el hoy
porque el terreno de mañana es demasiado inseguro para planes,
y los futuros tienen una forma de caerse a la mitad…
Y al río de tristeza se le unió el miedo. El miedo a haber soñado demasiado. Miedo a que como a Ícaro, las alas que él me regaló se derritiesen justo cuando volaba alto, casi rozando el sol. Y caer así a tierra, sabiendo que no volvería a sentir la ingravidez de mi cuerpo y el roce suave de las nubes.
No, no iba a llorar por lo que aún no había pasado. Esta vez tenía que ganar el cerebro. Se estaba bien con él, y el aseguraba quererme, ¿porque no creerle? No. No iba a dejar que el estupido miedo a que todo se acabe me impidiese disfrutar.
…Después de un tiempo uno aprende que “sí” es demasiado,
y hasta el calorcito del sol quema.
Así que uno planta su propio jardín,
y decora su propia alma,
en lugar de esperar que alguien le traiga flores…
Más versos. Casi sonreí al comprobar quien había vuelto a ganar. Las líneas a mi alrededor se desdibujaron algo más. Aún quedaba un resquicio de lucha, y mi cerebro ordenaba que esa gota salada no saliese. Pero su fuerza sólo duró un instante. Con un último suspiro, mis parpados se cerraron. Las líneas confusas dejaron paso a la total oscuridad mientras que un surco húmedo se marcaba en mi mejilla.
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